Formábamos un alegre grupo de chiquillas. La adolescencia rondándonos, cercana. No las recuerdo a todas, a unas pocas. Una de ellas viva en mi desde siempre. Tardes de verano, vacaciones escolares, nos congregaban en la calle. El barrio bulliciosa prolongación del hogar. Nuestras casas afincadas dentro de los cien metros en que nos movíamos. Nuestros hogares, el de cada una, de todas. La calle. Recorrerla tomadas del brazo disfrutando cada paso. A veces, dispersas, correteando, saltando fingidos charcos. Trasladándonos de uno a otro imaginario continente. Subíamos, bajábamos, a lo largo, a lo ancho de la vereda. A diestra, siniestra. Sin ton ni son. Sin principio ni fin. El inmediato placer de gozar la transitoria libertad que nos fuera otorgada. Adueñadas del espacio sin demandar, puro deseo de sentirlo nuestro, libremente. Cuando el cansancio nos alcanzaba, el peldaño de blanco mármol gastado solía ser nuestro primer cómodo asiento, el de la casa con jardín al frente, a pocos m...