Presencias encantadas
Dos hermanas. Formaban parte de un total de siete hermanos entre otros no nacidos. Quizás, sumaran diez, quizás.
De eso en aquellas sinuosidades del ayer, nada se decía; a veces se murmuraba. Para los más pequeños, mucho era lo vedado, había que preservarlos y de tanto preservar inocencias alboreaban malicias.
Los siete eran hijos de aquel tío paterno, hermano de la abuela; quien fuera por elección, al llegar a esta tierra que los albergara, padre del corazón de mi padre. Así se consideraban uno al otro, padre e hijo, fundados en realidades concretas.
Casa de portales abiertos, aunque mediaban condiciones férreas si se deseaba trasponerlas. Quien lo hiciera, debía reconocer que entraba al ámbito protegido donde la vida se vivía a fondo desde la sencillez, no siempre fácil. El tío paterno perdió a su mujer en plena juventud. En consecuencia, los siete hermanos perdieron a su madre en una época en la cual las decisiones y responsabilidades, incluían no sólo a los adultos, sino a los más jóvenes y a niños capaces de contribuir al bien familiar. Siete hermanos empeñados en crecer.
De los siete, dos eran varones. A lo largo de sus vidas, fui testigo de las pocas horas destinadas por ellos al descanso. De las muchas dedicadas a sostener el hogar junto a su padre; menudeaban imprevistos. La vida entretejida por los varones fuera del hogar, estaba sujeta al silencio y condenada al murmullo femenino, coronado de sonrisas significativas y cierta cuota de envidia que la libertad varonil atraía.
En cuanto a las cinco hermanas, la mayor falleció al dar a luz. La niña huérfana de padre y madre, pasó a ser la hija que ellas no engendraran. Consentida por aquel elenco de tías de insólito destino.
Las dos mujeres que le seguían, cronología mediante, escogieron por el resto de sus días, la vida conventual.
Las restantes, igual sendero que las precedentes, deseaban alcanzar. Sin embargo, ambas debieron renunciar a sus deseos de reclusión monacal, por mandato de las circunstancias familiares; ambas debían ocuparse del padre y de la niña, a quienes no abandonarían jamás.
De las dos, Adela era la mayor; transformó rincones del hogar en sitios exclusivos para las prácticas que inspiraba su espiritualidad. El semblante sereno, las sonrisas quietas, paciente siempre. Incisiva cuando no era escuchada y sus razones valían. Adela y su sabiduría silenciosa, no daría más pasos de los que estimara convenientes; fiel a su juramento escondido.
Recuerdo su transitar por los patios que conectaban con las habitaciones y la huerta; concentrada en sus meditaciones, erraba alrededor del aljibe y la vegetación múltiple, aromada, trepadora de paredes, florecía sin permiso.
El aljibe; misterio supremo. Aguas profundas, frescas, en las que se reflejaba la cabeza del que se atreviera a asomarse entre las dos portezuelas de hierro y nadie más que yo merecía el mote de atrevida. Contradecía feliz las imposiciones, aunque ganara reconvenciones a las que nunca escuchaba. Me sentía libre, intuía aún desde pequeña, que a los habitantes de aquel lugar, los guiaba el afecto y sentía a flor de piel, la alegría, el buen humor, las canciones cantadas en tanto se afanaban en lo cotidiano. Cierto es, que existían momentos donde las discusiones y entredichos brotaban dispuestos a más; el afecto, el ingenio, recuperaban razones. Así eran ellos, la entera familia, emotivos y plenos.
Gozaba de mis vacaciones en aquella casa, donde naturaleza y seres vivos abrazaban días. Adela no sólo meditaba y atesoraba su mundo, cooperaba con las tareas hogareñas, asistía a sus hermanos. Tejía, cosía, interminables prendas para los que de mucho carecían y a los que ella desconocía; anonimato elegido. Aparentes simplezas pasaban por sus manos hábiles. Ejercía sobre mí, límites amorosos y ternura; a ella me ligaba el respeto y la admiración.
Adela guardaba secretos; los conocí a su debido tiempo, cuando la adultez comenzaba a asomar en mis horas. Alguna vez, alguien la había desencantado en tanto daba la última puntada a su traje de novia y el ajuar olía a lavanda encerrado en el arcón.
Fina, unida a Adela de manera irrevocable, poco se asemejaba a ella. Fina, apodo de Josefina, marcaría su personalidad; espontánea, riente, explosiva. Habría de seguir su rumbo desde perspectivas iguales aunque modos diferentes a los de sus hermanas.
Fina. Campanitas diáfanas tañían en su risa, en su voz. Luces de fuego relumbraban en sus ojillos redondos; ligereza en el andar conducido por vientos activos. Cantaba en tanto tendía ropas al sol, batía colchones, barría enérgica patios. Ágil, decidida, subía a las ramas altas y cosechaba frutos maduros. Liberaba su tenacidad entre ollas de las que surgían exquisitas compensaciones.
Fina, canción festiva arropada por risas sin freno. Vencía el malhumor con silencios férreos.
Recorría las calles que la separaban de parientes, amigos, vecinos; sujetaba envoltorios que les entregaba. El producido de la huerta era compartido con ellos; generosidad ilimitada. Sus manos nunca fueron bonitas, agrietadas, se movían industriosas y firmes, adjetivos en los que residía la belleza real que las motivaba. Fina, además, era actriz consumada en escenarios parroquiales en los que se desarrollaban homenajes al santo patrono. Primera actriz que contaba con admiradores fervientes, aspirantes a algo más luego del aplauso concedido.
Hubo por aquellos días, quien batía palmas con mayor delirio y creyó tener derecho al abrazo que ella nunca aceptó, y al que con cierta malicia en sus dichos y carcajadas, transformó en bromas triviales, anécdotas dignas de ser compartidas y de las que guardaba especial memoria.
Quién olvidaría aquellas noches transcurridas en la habitación de altos techos, dos camas elevadas y anchas, cabezales de hierro, protegidas por las colgaduras transparentes que pendían del techo, desplegadas a lo largo y a lo ancho, las abarcaban en su completa dignidad. Acostumbraba a trepar a ellas, vigilada por Fina que permitía retozos, deseosa de hundirme en la aventura que para mí significaba dormir debajo de telas sutiles que nos protegían de insectos insidiosos, según usos y costumbres de antiguas usanzas que allí, aún se conservaban.
Por supuesto, compartía la cama con Fina. Adela reservaba su intimidad y desde su sitial impoluto, dispensaba recomendaciones. No olvidar asegurar puertas, ver que trabas y candados estuvieran donde debían estar. No olvidar lo sucedido la noche anterior, mejor prevenir. Fina asentía tolerante. En tanto, Adela rememoraba las presencias fantasmales, sobre todo en las noches sin luna. Insistía en recordar lo sucedido, concreto y cierto; lamentos lúgubres, cadenas arrastradas a lo largo de los patios. No fueron alucinaciones porque ambas las oyeron al mismo tiempo y el temor las paralizó por igual. Sensaciones y sonidos renovados antes del amanecer, desvelaron sueños.
Fina intentaba quitar importancia a los dichos de Adela. Su carácter positivo y firme la ayudaba a superar lo que no pudiera entender. Adela necesitaba apoyarse en su hermana, en la seguridad que transmitía ante cualquier suceso dudoso. La observaba revolotear entre prendas y mantas; la adormecía contemplar el ajetreo nocturno de la hermana.
En cuanto a mí, no cesaba de curiosear, preguntar mil cosas a la vez, la curiosidad me superaba. La buena voluntad de Fina la satisfacía, si bien a veces, lograba impacientarla. Sin embargo, su ternura me cubría con las mantas cuando el invierno así lo exigía o acomodaba las sábanas frescas, aromadas por las hierbas de la quinta, blanqueadas por el sol veraniego.
Los diálogos nocturnos entre las dos hermanas abrían puertas desconocidas para mí; los fantasmas apasionaban mi infancia; fantasmas que nunca vi y de los que mucho se hablaba.
Esa noche, la pesadez en los párpados me impidió oír las nuevas descripciones espectrales. El sueño venció al espíritu aventurero.
Adulta y maliciosa, desconfié de los presuntos espantajos. Era probable que quienes se pasearan por las soledades de la noche, fueran humanos conocedores del terreno que recorrían. Juveniles vecinos, en su mayoría parientes que integraban el grupo de los más cercanos, a los que divertían las bromas con destino fijo, programadas en medio de risas y copas, usual por aquellos días cuando no se contaba con las distracciones actuales, los amaneceres tenían otros destinos, ni mejor, ni peor, otros.
Ellos no desconocían la credulidad de las mujeres de esa casa ni las del resto de la vecindad. La seguridad, la familiaridad, los hechos diarios del barrio eran los mismos o parecidos, a los de sus propios hogares.
Nada costaba escalar muros, sortear verjas, deambular por patios ajenos y ocultar risas.
Aquellos días, aquellas mujeres gozaron de centenaria y merecida existencia, fue para ellas privilegio y premio. Para mí, gracia concedida.
Ellas habrían de acompañarme y acompañar a mis hijos, con su apoyo sabio, sus alegrías, ingenuidades, preocupaciones, dolorosas historias ocultas desde siempre y para siempre.
Tal vez debería, aún, ocupar páginas y más páginas, mencionar con mayor cuidado, su epopeya cotidiana.
Crecí, viví, mi adultez gozó de la longevidad de dos seres particulares.
Soles tibios relumbraron y relumbran a través de su constancia; acariciaron la mía.
Suelo preguntarme si sabían lo mucho que en mí influyeron; si sospechaban que habrían de ser parte de mi propia historia. De ellas soy deudora feliz.
Definitiva presencias tangibles.

Que homenaje maravilloso!!!
ResponderBorrarCris.
Gracias Cris. Me alegra que lo disfrutaras. Abrazo. Nelly
ResponderBorrarNelly, bella manera de recuperar a esas mujeres que te habitan...
ResponderBorrarNo sé si es, aunque sea en parte, una historia real ni cuánto tiene que ver con vos, pero me emocionó leerla y fui recreando los espacios en mi mente como si estuviera en esos lugares. Gracias por compartirlo!
ResponderBorrarAsí es Juana ellas enriquecieron mi infancia. Abrazo. Nelly
ResponderBorrarSusi, ellas formaron parte de los días máa bellos de mi infancia inquieta. Abrazo. Nelly
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