Prodigios

 


No te reconocí. Me sorprendió verte, me emocionó de tal modo que fue difícil para mí, entender qué sucedía. Sueño, realidad, un poco de cada uno y la totalidad, sin duda.

Éramos varios los viajeros que completábamos el bus. Kilómetro a kilómetro nos acercábamos a la ciudad donde los afectos nos aguardaban. Desde el asiento delantero, giraste hacia mí y seguí sin reconocerte.

En mi caso, vivía en ese pueblo recogido, que por el momento, dejábamos atrás, para cumplir con las dominicales visitas familiares. Desde hacía poco menos de un año, recomenzamos allí una existencia a la que denominaba esencial. Requirió un gran esfuerzo construir el amparo, desplegué voluntad e ingenio para que cada deseo, no sólo mío, se concretara del modo planeado. Reconstruimos el universo, acomodado a las ansias que, por entonces, compartía. Disfrutaba de lo completado en tan poco tiempo, junto a quien formábamos hogar y cielo.

Era domingo, mañanita inaugurada; subí al bus, busqué un lugar y lo hallé detrás de ti, sin saber que habría de reencontrarte.

Los campos, las hileras perfectas de maíz y girasoles, parpadeaban detrás de los cristales. Atravesamos el puente sobre el río enardecido. Mi nombre repetido, enérgico, interrumpió las contemplaciones, los goces. Eras la voz que me nombraba y no te escuchaba. De pronto, una inflexión, una frase sincera alertó mi memoria, despertaba a la voz cuyo acento no había olvidado. Eras la amiga que un día enumeró sus tribulaciones a un grupo de mujeres sorprendidas por tus confidencias. Preocupada, afligida, nos abrías los portales de tu alma.

Tiempo de tiempos. La empresa para la cual trabajabas, quebrada; despidos masivos y cierre completo. Semejante perspectiva imponía cambios radicales. Los que en tu caso no habían sido previstos, si bien, por pura providencia no quedarías desamparada. Mencionabas la casa de puertas cerradas que aguardaban ser abiertas, allá en el campo, no decías dónde y no sé por qué, no te preguntamos. Nos apenaban tus circunstancias y las palabras fueron insuficientes, era tu única opción, la que de algún modo te alentaba. Las viejas raíces sostendrían tu futuro.

Admiré tus renuncias serenas, dejabas atrás la cercanía de los afectos y grandes pérdidas materiales. Los días labraron historias diferentes para cada una de aquellas mujeres que amigas fuimos.

Domingo prodigioso e inverosímil, nos mirábamos incrédulas. Reíamos al unísono al reconocernos cerca y dispuestas a revivir momentos. A las dos, los sucesos cotidianos nos condujeron hacia el mismo amparo sin haberlo planeado. Casualidades que no lo son y dan origen a las causalidades.

A partir de aquel encuentro en el bus, tardes de sol tibio en invierno, nochecitas apacibles durante el estío, nos vieron conspirar y reír, a veces llorar. Sortear escollos, atesorar instantes, vislumbrar la osadía de dos vidas que mucho tenían en común.

El después fue aquello que el devenir de la vida nos concedió a cada una. Pertenece a otros instantes, otros cielos.

Comentarios

  1. Qué lindo ese encuentro! Casualidad, azar, sincronicidad…misterio, no importa.
    Gracias Nelly

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  2. Gracias a tí Juana querida! Abrazo del alma! Nelly

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  3. El arte de la narración que manejas con absoluta maestría,transforma a algo tan simple como un reencuentro de amigas,en una joya literaria!!! Atrapa desde el principio,"quién será? "un viejo amor?"la historia de dos personas se transforma en algo que mueve al principio a la curiosidad y finalmente a compartir la emoción de ésas dos almas! Infinitamente gracias ,cómo en algo tan corto me llevas por tantos sentimientos diferentes!!!!!!
    Elisa

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