Desconcierto



 

Cómo y por qué sucedió, no existía el mínimo indicio que develara hechos ciertos.

Sucedió. Con eso debía bastar, no bastaba.

Reunidos alrededor de la mesa, desayunaban. Concentrados en la charla cotidiana, esclarecían situaciones ajenas a ellos y que ninguno de los dos tenía el poder de transformar.

Lejos del peso de las obligaciones, la intimidad los guiaba. Vivían el juego instalado entre ambos que nada prometía. Ella, el monólogo innecesario. Él, escudado detrás del silencio conveniente hasta que el monosílabo desgajado en risas estalló y ocultó aún más lo que no estaba dispuesto a admitir.

Entonces ella decidió callar, encerrada en el silencio buscó sus ojos, no los encontró. Aquellos que vio no eran sus ojos, ni su piel, ni su buen talante, no era él. Aquel hombre apareció de pronto. La risa torpe que escapara de su boca anticipaba indiferencia, el derrumbe.

Ella reconoció sin palabras, que en su propio interior reinaba el desatino. La vida compartida durante aquel largo tiempo, había nacido de los sueños absurdos que montaran día a día, incapaces de atravesar la barrera que se alzara entre ellos, esa barrera que ella tampoco reconocía y mucho menos, aceptaba.

No fue fácil deshacer la maraña que tejieran juntos. Aterraba la soledad, el cambio al que se enfrentarían. Comenzar de nuevo, desechar las comodidades a las que se acostumbraran, pesaba por igual en ambos. En el fondo de cada uno, la rutina los ataba, el entorno pesaba.

Empero, el desamor, las omisiones, los silencios, constituían la carga mayor, pesada. Hubo que liberarse e ir al encuentro de lo desconocido.

El futuro modificó existencias y fueron otros los andares que las circunstancias impusieran.

Comentarios

  1. Simple, triste y tan frecuente que a muchos alguna vez nos suceda...

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  2. Gracias Susana! La realidad a veces nos supera aunque siempre nos deja una experiencia invaluable!. Abrazo. Nelly

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