Impredecible
Intentaré describir un instante de tiempo de mi ayer ingenuo, a pesar de ser por aquel entonces madre de un niño de ocho años y una niña de cinco.
Mi padre había decidido cerrar la librería que regenteaba desde que memoria poseo. Pesaban sobre él años de trabajo y malestares que poco mencionaba. Mi madre confiaba en sus decisiones.
La librería fue durante muchos años nuestra única fuente de ingresos. En ella, mis hermanos y yo, aprendíamos el arte de comerciar con honestidad.
Desde aquel instante decisivo en nuestra familia, la inquietud acaparó mis días y las madrugadas insomnes. No admitía que aquellas puertas dejaran de abrirse, no admitía el cansancio de mi padre. Intenté suplirlo y obtuve su conformidad; deseché los interrogantes temerosos de mi madre.
Entré al santuario, eso significaba para mí y lo era en muchos aspectos; continuaría la obra familiar. Transcurrieron meses, eficientes, vivos. Renovaba impulsos, valoraba los bienes recibidos. Fue aquello que fue, hasta cierta tardecita primaveral.
Mis pensamientos revoloteaban plácidos, mis manos ordenaban el desorden que una buena venta deja a su alrededor.
La voz profunda, a mis espaldas, alertó. Giré la cabeza y lo vi. Muy joven, bello rostro, alto, robusto y elegante. En su mano blanca amenazaba el arma pequeña. De pie, frente a mí, encarnaba la peor pesadilla.
De inmediato, recordé a mi padre. En su tiempo había padecido este tipo de visitas violentas y había salido indemne de ellas.
Nunca entendí cómo ignoré el arma, cómo llegué al monólogo interminable. Fluía de mi boca del mismo modo que fluían mis lágrimas, libres. Le pregunté mil cosas, intenté demostrarle que su vida era apenas un preludio. Mucho más dije.
Él, silencioso, extendió la mano y tomó de la caja un puñado de billetes, los apoyó sobre el tablero que nos separaba; no los guardó en sus bolsillos. Cruzó los brazos sobre su pecho y escondió el arma debajo de la axila.
No me ganaba el miedo sino las palabras que salían de mi boca. No recuerdo cuántos minutos hablé, podrían haber sido horas. Mi conciencia no sumaba.
Él, mudo, pálido, la duda en los ojos oscuros; inmóvil, hasta que una especie de salto extraño lo puso en movimiento. Se dirigió hacia la puerta de entrada, no sin antes tomar el dinero para dejarlo caer una vez más en la caja abierta. Murmuró unas pocas palabras que no entendí. Se iba, nada se llevaba.
Lo detuve impulsiva; quise ayudarlo, estaba dispuesta a entregarle los billetes si con ellos lo socorría de algún modo. Insistí. Dudó; los tomó, temblaba. El arma había desaparecido en sus bolsillos. Enrojeció, la voz ronca, la frase breve. Regresaría a devolverlos. Le aseguré que nada me debía, que sólo quería que regresara cuando pudiera demostrar que vivía de trabajo honesto. Cuando a su alrededor corretearan sus hijos y su mujer sonriera a su lado. Atravesó la puerta, corrió sin mirar atrás.
Entonces enmudecí temblorosa. Mis lágrimas, ahora convertidas en sollozos poderosos. Ante mí, lo impredecible a la vez que milagroso. Oré, agradecí silenciosa.
El miedo me empujó a cerrar el santuario. Los temores de mi madre fueron mis temores. Y el cansancio de mi padre se apoderó de mis energías. De tanto en tanto y durante muchos años, me pregunté si aquel muchacho, hoy hombre, habría regresado acompañado de sus hijos y su mujer; de ser así, las puertas cerradas confirmaban mi renuncia. Me agradaba imaginar que mi locura fue su guía.
Él perteneció y pertenece a ese instante fugaz que marca huellas y tal vez, induce a la esperanza.

Atrapante,educstivo,sentimientos que fluyen mágicamente.Cada historia está envuelta en ésa magia especial q.lleva a la reflexión,al amor,al alma en su máximacexpresión!!!!
ResponderBorrarGracias! Ese es el objetivo, reflexionar sobre lo cotidiano que nos envuelve y llega a nosotros si le abrimos las puertas. Nelly Perrotta
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