Arrebato
Estío. Agobia los sentidos. El vendaval empujaba nubes plomizas hacia el sudeste. Las aguas golpeaban acantilados y retrocedían con igual furia.
La llovizna salada humedecía su rostro, la saboreaba en los labios. Se hallaba frente al furor que embestía y no mermaba su empeño. Poco antes deambulaba a lo largo de la playa, arrastraba la arena con los pies desnudos. El sol aparecía y desaparecía entre nubarrones. La conmovió el vuelo de la gaviota solitaria al igual que ella. El graznido ahogó el grito que nacía de su garganta. Se detuvo delante del peñasco, uno de los tantos desprendidos desde las alturas. El fragor subyugaba; contemplaba con temor atávico la invasión marina. La naturaleza bravía imponía sus designios.
La tempestad interior a la que se hallaba sujeta, no tardaría en alcanzarla. Estaba dispuesta a recibirla, a dejar que la golpeara, así como las olas golpeaban las piedras. Necesitaba permitir que el torbellino la arrollara; amainaría cuando sus propios vientos dejaran de aullar.
El relámpago anticipó el trueno, confundido con el alarido que ella liberara y la impulsara a correr. Trepaba riscos, manos y pies arañados. Tenía que llegar a la cima de los barrancos, lo haría.
La borrasca, la lluvia, unidas al bramido del mar, ensordecían. Empapada, casi enceguecida por el aguacero que lavaba sus lágrimas, había alcanzado la planicie. Abrió los párpados entrecerrados por el chubasco. Las aguas invadían la costa, el oleaje extendía poderes, hurgaba al igual que la garra ensancha heridas.
Debía desentrañar hasta dónde sería capaz de conducirla la locura. Encontrar de algún modo, el refugio que diera sentido a su existencia.
La tormenta cedía; la lluvia disminuía caudales, agotaba intentos. La estrella, única, vibrante, parpadeó entre nubes níveas.
Extendió los brazos; sus manos deseaban acariciar el infinito.

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