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Arrebato

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  Estío. Agobia los sentidos. El vendaval empujaba nubes plomizas hacia el sudeste. Las aguas golpeaban acantilados y retrocedían con igual furia. La llovizna salada humedecía su rostro, la saboreaba en los labios. Se hallaba frente al furor que embestía y no mermaba su empeño. Poco antes deambulaba a lo largo de la playa, arrastraba la arena con los pies desnudos. El sol aparecía y desaparecía entre nubarrones. La conmovió el vuelo de la gaviota solitaria al igual que ella. El graznido ahogó el grito que nacía de su garganta. Se detuvo delante del peñasco, uno de los tantos desprendidos desde las alturas. El fragor subyugaba; contemplaba con temor atávico la invasión marina. La naturaleza bravía imponía sus designios. La tempestad interior a la que se hallaba sujeta, no tardaría en alcanzarla. Estaba dispuesta a recibirla, a dejar que la golpeara, así como las olas golpeaban las piedras. Necesitaba permitir que el torbellino la arrollara; amainaría cuando sus propios vientos d...

Ventanas

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  Dibujaba ventanas. Atraído, conducido a través de ellas a espacios ilimitados, los atrapaba sobre lienzos blancos. Abiertas, los vientos helados rozaban su rostro, las manos, el pincel, la respiración ávida. Detenido frente a la infinitud, rescataba horizontes. Cerró los cristales, descorrió los visillos. Las sierras aproximaban restos de amaneceres prehistóricos; ocres desvaídos de hierbas secas y algunos manojos de verdes sobrevivientes de heladas madrugadoras. Aleteaban en medio de la naturaleza agónica. Invierno adelantado. Ventanas ajenas; cristales velados negaban visiones. Casas de paredes desteñidas y puertas cerradas. La fantasía alborotaba horas. Dibujaba ventanas. Las que descubrían el vacío de los días inútiles; esas, a las que evadiera momento a momento. Ahora el ayer no existía. El futuro profetizaba bienes. Los ensueños devoraban impaciencias.   Dibujaba ventanas.

Oscuridad y Luz

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  Recorría las calles sumergido en la ofuscación que nublaba sus horas. Las sombras no le permitían ver claridades. Tropezaba al subir cuestas, resbalaba al descender. No existían llanos en su camino, bordeaba estrechas curvas, precipicios. Eligió ser veraz, socorrer al que lo necesitara, recurrir a la nobleza de espíritu. Ahora, aquellas frases sonaban ingenuas. En tiempos de egoísmos y exaltación del ego, poco significaban para la gran mayoría empobrecida. No sólo por la ausencia de bienes materiales, sino por la inexistencia de la sabiduría ancestral que no nace de las letras ni de maestros sabios sino de la cordura de la mente apaciguada, allí donde el bien es luz y el mal indica oscuridad. Abrió la puerta de su casa. El cansancio anonadaba cada célula de su cuerpo, de su espíritu, si es que acaso todavía moraba allí donde debía morar intangible. Al anochecer regresaba de sus obligaciones laborales, durante las cuales ocultaba pesares detrás de la sonrisa convencional; so...

Pueril Irrealidad

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  La tarde envuelta en el silencio supera poesías. El niño se detiene a la orilla del arroyo; los pies desnudos remueven el agua fría. El sol ondea sobre la superficie. Sin apuro se dirige hacia el puente que un par de metros más adelante une orillas. Su cuerpo magro, moreno, se extiende sobre los tablones rodeados de juncos. Detrás de los párpados cerrados, construye magias que aligeran su corazón. Naves piratas navegan alertas hacia puertos lejanos. En tierra firme los aguardan ejércitos bravíos con los que deberán luchar, blandir espadas; él será quien los guíe al triunfo, el valiente capitán que vencerá batallas, liberará pueblos. La modorra lo acuna, lo vence, no le permite gozar de la victoria. Entre sueños, escucha su nombre gritado; parpadea. No quiere moverse, no quiere despertar, volver a la casa. Los gritos se repiten. Sobresaltado, enojado, poco a poco reabre los ojos, vuelve a cerrarlos. El sol lastima. Los reclamos de su madre continúan, no cesa de llamarl...