Oscuridad y Luz

 


Recorría las calles sumergido en la ofuscación que nublaba sus horas. Las sombras no le permitían ver claridades.

Tropezaba al subir cuestas, resbalaba al descender. No existían llanos en su camino, bordeaba estrechas curvas, precipicios. Eligió ser veraz, socorrer al que lo necesitara, recurrir a la nobleza de espíritu. Ahora, aquellas frases sonaban ingenuas. En tiempos de egoísmos y exaltación del ego, poco significaban para la gran mayoría empobrecida. No sólo por la ausencia de bienes materiales, sino por la inexistencia de la sabiduría ancestral que no nace de las letras ni de maestros sabios sino de la cordura de la mente apaciguada, allí donde el bien es luz y el mal indica oscuridad.

Abrió la puerta de su casa. El cansancio anonadaba cada célula de su cuerpo, de su espíritu, si es que acaso todavía moraba allí donde debía morar intangible. Al anochecer regresaba de sus obligaciones laborales, durante las cuales ocultaba pesares detrás de la sonrisa convencional; soportaba los encuentros frívolos con quienes se consideraban parte de su existencia, a quienes él reconocía distantes, inhábiles hasta para mentir. Prefería el silencio. La realidad a su alcance, nada más aportaba ruido y ficciones.

Consecuente consigo mismo, había vivido cada tramo de su existencia con tal integridad, que hasta se negara a acudir a las mentirillas, a las artimañas que facilitaran convivencias. Desde sus posibilidades y su profesión de sanador con matrícula que lo acreditaba, había dado lo mejor de sí, aunque los resultados obtenidos parecían negarle crédito. Algo debió extraviar entre tanto tráfago; era probable que al buscar la excelencia, hallara pérdidas.

Había auxiliado sin cuestionar ni cuestionarse a quienes convivían a su vera. Hoy la soledad y la pregunta lo aturdían. Quién lo ayudaría a él, quién lo guiaría por el túnel, cada vez más difícil de transitar. Sin embargo, sabía de antemano, que sólo a él le sería posible recuperar significados y la lucidez que necesitaba para seguir. Así aseguraban quienes aconsejaban, quienes expresaban determinados conocimientos y extendían las manos en tanto aparentaban aportar hechos pocas veces concretos. Lo fatigaban sus percepciones íntimas. A su pesar percibía la falsedad del abrazo, la danza ficticia, el positivismo a ultranza.

De todos modos, en  medio de las incongruencias propias y ajenas, se instaba a comprender. Habría de atravesar desiertos decidido a enfrentar riesgos. Lo extraviado, fuera por su incomprensión, por sus errores ciegos, era irrecuperable, aunque doliera y dolía mucho, sin duda. A tal punto, que el abismo lo había tentado y fue difícil resistir a su llamado.

La noche maduraba infinitudes. Sentado en el rincón más apartado del jardín, en su casa solitaria, respiraba el aroma de las plantas reverdecidas, la mirada elevada hacia las estrellas.

Por primera vez en mucho tiempo, la tenue claridad avanzaba en él, silente. Tal vez fuera al encuentro de nuevos hallazgos interiores. Sin saber de qué modo ni cuándo, había ocurrido, cierta calma se instalaba en su raciocinio y persistía. De pronto era capaz de ser hombre entero, dejar atrás fracasos, recuperar entereza.  Quizás había acariciado límites sombríos y el miedo tornara necesario plantarse ante lo definitivo.

Optó por la esperanza.

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