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Flores Antiguo

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    A veces me pregunto quién se llevó mi corazón. Variados fueron mis andares, las personas y lugares que inspiraron en mí, nostalgias y esos recuerdos que remedan cencerros en el alma. Vuelvo a oír hoy su tañido y como nunca, repito la pregunta que acaso no halle respuesta. ¿Quién se llevó mi corazón? Quizás la ronda infantil, la de la bella farolera o la calesita colorida que giraba, giraba y la sortija que nunca atrapaba aunque me empeñara en lograrlo. Tal vez aquel dibujo que la maestra de sexto grado me apremiaba a entregar, para ser presentado en el concurso internacional que gratificaría talentos infantiles   y del cual nunca tuve noticias, ni en bien ni en mal. Tal vez los sitios por donde me condujeron las manos de mis padres andarines, las vivencias que los consagraron y dejaron huellas; lugares y afectos que debí abandonar porque así lo exigían, además, las circunstancias familiares. La adolescencia tuvo lo suyo; florecía inquieta en mis horas cua...

Fidelidad

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  Recuperar las callejuelas de la infancia. Juntas dimos los primeros pasos, murmuramos las palabras primeras, entramos a la niñez protegida. A la hora de la siesta, compartíamos la modorra del barrio; aromos florecidos, fresnos y sus semillas voladoras, a las que apodábamos “pajaritas” por esa imaginación prolífica que los niños echan a volar cuando así lo quieren. La terquedad era tu mensajera; con los puños golpeabas la puerta de mi casa, invitabas al encuentro. Descubríamos juegos, cantábamos a gritos, la imaginación desatada. Saltábamos a la cuerda, nos atrapábamos a la mancha; perseguíamos el misterio en la búsqueda de los escondites no tan acertados. Y giraba la ronda, ronda, la ronda mansa, la prenda, prenda, que en el centro nos plantaba. Rojas las mejillas, soportábamos las burlas que los otros niños reían, la timidez en nuestras sonrisas. Sin aliento, nos atropellábamos en las carreras, las rodillas arañadas, al viento   las faldas. No nos estaba permi...

Destellos

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  Allá lejos, el horizonte azul. Aquí, hace algún tiempo, el regreso que apuntaló el error. Allá lejos y hace algún tiempo, la decisión equivocada, el paso inseguro, sin vuelta atrás. Aquel que todo lo tenía, que todo lo alcanzaba, todo lo perdió. Inútil las preguntas constantes, expresadas en alta voz o en la penumbra del cuarto. Inútil indagar en el rincón escondido dentro de sus pensamientos. Andar las calles de su soledad. Cruzar esquinas, eludir charcos, nada repararía el error, nada lo mitigaba, la certeza no lo anulaba, enfrentarlo no valía, mucho menos olvidarlo. Refulgía entre las cenizas. Sería presencia tangible, reproche en la sinrazón. Sin embargo, el destello en la noche, tibio rayo de sol al amanecer, incitaría a la esperanza. Aceptarse una vez más, no compondría lo hecho, eso, era pluma al viento. Ser compasivo consigo mismo, aseguraría benignidad a su entorno y afectos renovados. Bastaba un solo gesto; habría de otorgarlo. Bastaba nada más que una palab...