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Decidores

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    Escribimos, escribimos, escribimos. Acaso una novela, pero de nada somos autores. Escribimos las fantasías que nos induce a relatar nuestra imaginación. Las trampas de los juegos inventados, las de suponer que somos creadores, hábiles inventores de lo nuevo; de nada. Cuando en realidad sólo revivimos lo vivido. Cuando en realidad apenas sabemos contar algo de lo nuestro, de otros. Copiar soledades, frustraciones, éxitos y lo hacemos en aquello que llamamos tercera persona o en las que sean. Siendo que, al fin y al cabo, somos nada más y nada menos, que nosotros mismos detrás de nuestras visiones, certezas, incertidumbres, con las cuales llenamos páginas y más páginas de locuras poéticas. Sólo somos nosotros y los otros, los que caminaron y caminan a nuestra vera. Ciudadanos universales. Al escribir la novela de nuestra existencia nos transformamos en decidores sublimes o mediocres, de realidades o irrealidades propias, ajenas. Tal es lo que revelan cada una d...
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    Orden infinito. Elevarse hacia él, atrapar lumbres, perderse en lo definido. Eterno titilar, intensas realidades, insondables posibilidades. Celeste imagen diurna, hondo azul nocturno. El Cosmos. Develada existencia, naturaleza expuesta. Íntimos universos, multiplicidad humana. El Cosmos. Conmueve, perdura, hasta lo previsto.

Pinceladas desteñidas

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    Calles del gran no sé qué. Aquellas que alguien describió como acuarelas porteñas. Calles en las que hoy no viven arboledas extensas ni existen quintas rodeando casonas en las cuales refugiarse. Donde el reposo, la seguridad, ya fue. Calles. Esas que ahora recorremos sumidas en la mugre, las que copiaron lo peor de la urbe cercana. Calles del gran no sé qué. Donde los orines y algo más, embadurnan nuestros pies, nuestras almas. Desde donde es imposible levantar vuelo hacia el sol sin correr el riesgo de resbalar en aquello que daré en llamar excrementos, por ese afán inútil de querer cuidar un idioma rico por excelencia. Sin embargo, hoy, con justificada bronca, me permitiré nombrar sin hacerlo del todo, por ese otro afán mucho más inútil todavía de conservar determinados pruritos incorporados en la infancia. Y aquí va: “m…”. Me resisto a usar el bastardeado modernismo o posmodernismo o todos los “ismos”, para justificar también yo, los cambios supuestamente ...
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  Hoy nada hice, algo, tal vez. Cielos danzaron en mí. Ojos que no miran, miraron. Flores sin perfume, aromaron. Mares sin barcos, concertaron oleajes eternos. Y poco fue hecho, poco resuelto. Mucho olvidado.
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    Atravesaría el infinito, diseñaría estrellas vivas, derramaría oro en las nubes. Abrazaría los pies de los duendes, las brujas dolidas. Convocaría una vez más, siempre, magia de escogidos tiempos, Amarraría luces de corazón abierto, perlas en los sonidos, destello en las brumas, ternura, pensamientos tardíos. Arriesgaría caricias, volátiles semillas áureas. Cruzaría surcos, trigales, sabores de pan. Sonreiría a cansados corazones, Almas atrapadas por la tristeza de lo que no llegó. Sonreiría al espejo, al presente, aliado casual. Enseñaría a perdonar, a trasponer designios. Completaría divagados afanes, certeros deseos. Sería, nada más y nada menos, aquello que soy.