Singular Anochecer

 


El granizo sorpresivo golpeaba sobre el techo del dormitorio. Madrugada tormentosa.

De pie, junto a la cama, sin atreverse a dar un paso, cerró los ojos. Extendió los brazos, las palmas de las manos hacia arriba. Oró silenciosa. Pensó en los que todavía caminaban por las calles a la hora de los desvelos. Cruzó por su mente aquella pareja de varones adultos de edad indefinida, que desde hacía un par de semanas se estableciera en el barrio. La mayoría de los vecinos procuraba ignorarlos, demostraba indiferencia. A unos pocos los delataba el gesto de fastidio, varios murmuraban, arriesgaban críticas audaces.

Ellos habían llegado un anochecer a la hora del regreso al hogar luego de una jornada laboral, aunque ese no debía ser su caso. Sostenían un par de maletas caras, de sus hombros pendían bolsos impecables, vestían ropas costosas y el aspecto de ambos era pulcro. Todo en ellos era refinado, elegante. Su imagen, sus actitudes, no condescendía con el desamparo. Sin embargo, el desamparo estaba a la vista. Esperaban que la pinturería de la esquina cerrara las puertas para acomodarse debajo de la sombra que la techumbre proyectaba sobre la entrada del local amplio.

Ordenaban sus pertenencias como si se hallaran en la sala de una lujosa vivienda. Establecían su nido temporario en aquel rincón callejero que al alba desarmaban.

Al más alto de los dos, se lo veía, generalmente, sentado, la espalda recta, el semblante severo; manipulaba el teléfono móvil de última generación. Su compañero, en cambio, solícito, dócil, observaba con buena voluntad a quienes pasaban indiferentes ante su sonrisa tímida, el saludo dispuesto para quienes quisieran recibirlo.

Extraño acomodo.

Sentía hacia ellos simpatía compasiva; imaginaba historias oscuras. Hubiera querido tener suficiente coraje para acercarse y hablarles; preguntarles qué los había llevado al extremo de vivir en la calle, arriesgarse a pertenecer a ese desesperado entorno de los sin techo.

Eran tiempos crueles, las empresas quebraban, las fábricas disminuían producciones, los emprendimientos privados no se sostenían. La desprotección, generalizada. Cabían innumerables preguntas. Era evidente que ellos no eran vagabundos por locura o elección. Seguro los acuciaban angustias, necesidades, rebeldías. Durante el día desaparecían. Al atardecer regresaban a ese lugar que por el momento los guarecía. Estaban de paso hacia quien sabe dónde.

En algún instante providente, se atrevió a saludarlos; respondieron, sorprendidas las miradas.

Cierto atardecer los extrañó. Habían desaparecido; quise creer que lograron rescatar sus existencias.

Muchos meses después, no recordaba con exactitud cuántos, los reencontró una vez más. Caminaban juntos por la avenida transitada y ruidosa. Impecables en sus modos y en el vestir. Nada acarreaban. Los conducía la prisa de los que ocupan su tiempo y otorgan plenitud a las horas.

El más bajo la reconoció, su sonrisa acompañaba el saludo; sus ojos respondieron a la demanda muda, chispearon festivos. La alegró verlos; sus manos alzadas prontas al reconocimiento fueron respuesta suficiente para ella.

Nunca más los vio. No los olvidó, le agradaba suponer que para los dos todo fue y es posible, que el bien los acompañaba.

Ahora en este renovado alborear, el granizo dejó de caer, la lluvia enmudeció. El viento deambula por las calles dormidas.

Las profundidades de su alma se acercan a los que el amparo les es negado.

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