¿Hacia dónde voy? Quizás sepa responder mis interiores demandas. Vuelvo al ayer y desde allí voy al encuentro de mi verdad. Desde niña, después del almuerzo, me sentaba en el descanso gastado de la escalera que conducía a la terraza de la humilde casa del abuelo materno, a leer, fabular. Mi abuelo sin sonrisas. Mi abuelo todavía fuerte, juvenil. Escondía la tristeza provocada por su obligada soledad. Imponía distancia, encubría temores, esos que el horror de la guerra inducía a desmembrar familias. Su mujer, parte de sus hijos asolados por el espanto, más allá del océano, separados por circunstancias imprevisibles. Al atardecer, sentado en su baja silla, al amparo del tupido parral cargado de uvas que cubría el patio, inmóvil, velada su mirada azul tras el humo de su pipa. Mitad de la familia aquí, liderada por él. El resto, la abuela, los jóvenes tíos, perdidos en un mundo inalcanzable que nosotros soñábamos en sueños no contados, padecidos. Así, cada domingo nos reuníamos junto a él,...