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Oscuridad y Luz

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  Recorría las calles sumergido en la ofuscación que nublaba sus horas. Las sombras no le permitían ver claridades. Tropezaba al subir cuestas, resbalaba al descender. No existían llanos en su camino, bordeaba estrechas curvas, precipicios. Eligió ser veraz, socorrer al que lo necesitara, recurrir a la nobleza de espíritu. Ahora, aquellas frases sonaban ingenuas. En tiempos de egoísmos y exaltación del ego, poco significaban para la gran mayoría empobrecida. No sólo por la ausencia de bienes materiales, sino por la inexistencia de la sabiduría ancestral que no nace de las letras ni de maestros sabios sino de la cordura de la mente apaciguada, allí donde el bien es luz y el mal indica oscuridad. Abrió la puerta de su casa. El cansancio anonadaba cada célula de su cuerpo, de su espíritu, si es que acaso todavía moraba allí donde debía morar intangible. Al anochecer regresaba de sus obligaciones laborales, durante las cuales ocultaba pesares detrás de la sonrisa convencional; so...

Pueril Irrealidad

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  La tarde envuelta en el silencio supera poesías. El niño se detiene a la orilla del arroyo; los pies desnudos remueven el agua fría. El sol ondea sobre la superficie. Sin apuro se dirige hacia el puente que un par de metros más adelante une orillas. Su cuerpo magro, moreno, se extiende sobre los tablones rodeados de juncos. Detrás de los párpados cerrados, construye magias que aligeran su corazón. Naves piratas navegan alertas hacia puertos lejanos. En tierra firme los aguardan ejércitos bravíos con los que deberán luchar, blandir espadas; él será quien los guíe al triunfo, el valiente capitán que vencerá batallas, liberará pueblos. La modorra lo acuna, lo vence, no le permite gozar de la victoria. Entre sueños, escucha su nombre gritado; parpadea. No quiere moverse, no quiere despertar, volver a la casa. Los gritos se repiten. Sobresaltado, enojado, poco a poco reabre los ojos, vuelve a cerrarlos. El sol lastima. Los reclamos de su madre continúan, no cesa de llamarl...

Peregrino Mágico

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Las montañas bordean la ciudad desordenada, invisibles tras el polvo que los vientos agitan. El sol del mediodía abrasa callejas, escondrijos, personas; destaca en los portales de noble procedencia, entornos de alto cuño. Asoma el terciopelo verdoso de las cuestas bajas. Tal como hiciera y hago, al regreso de las obligaciones cotidianas, suelo detenerme a contemplar los montes cambiantes. Con esta imagen en mí, reemprendo, sin prisa, el camino hacia el hogar. Ensimismada en las reflexiones que me conducen por sendas inciertas. El brillo caliente cierra mis párpados, incita a llegar rápido a las esquinas sombreadas. El descuido, el abandono, aturden a lo largo de esta zona empobrecida. El próximo recodo descubre la avenida ancha dividida por jardines descuidados. La arboleda sobrevive, envuelve piadosa edificios achaparrados de ventanas abiertas que desaparecen cuando la brisa balancea ramas y esconde los colores de la pobreza; aumentan olores siniestros. La gritería infantil pe...