Arrebato
Estío. Agobia los sentidos. El vendaval empujaba nubes plomizas hacia el sudeste. Las aguas golpeaban acantilados y retrocedían con igual furia. La llovizna salada humedecía su rostro, la saboreaba en los labios. Se hallaba frente al furor que embestía y no mermaba su empeño. Poco antes deambulaba a lo largo de la playa, arrastraba la arena con los pies desnudos. El sol aparecía y desaparecía entre nubarrones. La conmovió el vuelo de la gaviota solitaria al igual que ella. El graznido ahogó el grito que nacía de su garganta. Se detuvo delante del peñasco, uno de los tantos desprendidos desde las alturas. El fragor subyugaba; contemplaba con temor atávico la invasión marina. La naturaleza bravía imponía sus designios. La tempestad interior a la que se hallaba sujeta, no tardaría en alcanzarla. Estaba dispuesta a recibirla, a dejar que la golpeara, así como las olas golpeaban las piedras. Necesitaba permitir que el torbellino la arrollara; amainaría cuando sus propios vientos d...