Enigma

Península lejana. Otras tierras, otros cielos.

Horizonte marino; dulce lengua ancestral. Colinas boscosas en las que se destacaba el poblado que fuera principado. Sobrevivían restos del castillo; paredes, torres, almenas, en su mayor parte derruidas, custodiaban los límites de lo que hoy componía un pueblo significativo. Entre sus piedras, algunos desvelados todavía encendían hogueras. Al amparo de las estrellas convocaban fantasmas. Danzantes príncipes ceñían cinturas principescas, duendes escondidos arrollaban ensueños; iluminados señores guiaban ejércitos. El pasado señorial, al son de laudes y cantares, transcripto al presente, hechizado por guitarras memoriosas.

Discurría la segunda década del siglo veinte, años de posguerra. Las casonas conservaban estilos heredados y abrían portales sobre las callejas estrechas que ascendían o descendían según designios.

Él pertenecía a una de las familias que conservaban el orgullo de estirpe. Buena parte del caserío, había sido reconstruido por sus ancestros. Su familia crecía desde la concepción autoritaria de su padre; un ser huraño, acostumbrado a las asperezas, pronto a dar órdenes severas que debían obedecerse en silencio. Madre, a causa de ese balance que la vida a veces impone, escondía malestares, cambiaba rudeza por ternura. La hermana mayor fluctuaba entre el temor y la timidez. El hermano que le seguía en edad, mostraba la inestabilidad de los primeros pasos. 

A los ocho años recién cumplidos, él conocía sus obligaciones. Desde temprano cruzaba las tierras que los campesinos labraban; ascendía cuestas entre castaños y nogales. Era uno más al servicio de aquel hombre a quien todos temían, al que llamaba padre.

Regresaba a la casa, hambriento, cansado, deseoso de avistar la figura de madre; ella solía transitar el terrado que rodeaba la casona y bajaba rápida a su encuentro. El abrazo compensaba la obediencia.

Aquella mañana había llegado al redil, desganado. Las ovejas reclamaban alimento y libertad. Por lo general, corría, saltaba en medio de la majada, jugaba juegos que su fantasía despertaba; risas y gritos se unían a los ladridos festivos del perro pastor; se sabía protegido por aquel que creciera a su lado, confiaba en su compañía. Hoy, deseaba escapar de allí. No lo hizo, cumplió con las imposiciones.

El sol ardía en las primeras horas de la tarde; los trinos, los sonidos del bosque, callaron. El mar, al pie de la colina, fraguaba lejano. Agua y cielos bruñidos. Los aromas del bosque aumentaban a medida que las horas acrecentaban ardores.

Tragaba el último bocado, disfrutaba de la merienda que madre preparara. El perro, a sus pies, roía el hueso del que poco quedaba. La modorra lo vencía. Extendido sobre la hierba, extraviado en los sueños de niño fuerte, dormía. Lo despertó la calidez húmeda que rozaba la pierna. El resuello le advirtió que no debía moverse. El instinto lo guiaba; entreabrió los párpados. El resoplido, esta vez, humedeció la mano.

El lobo había bajado y husmeaba; olfateaba aquí y allá, recorría lugares,  regresaba a él.

El miedo lo paralizaba; bien sabía que el lobo era de temer. Había escuchado las advertencias de sus padres, de vecinos y habitantes de la campiña. Los niños aguijoneaban con bromas que disfrazaban temores; reían las burlas. Ahora, por primera  vez, desde que comenzara a cuidar el rebaño, la cercanía del animal era real y  él estaba solo, nadie lo ayudaría. No debía moverse, mucho menos llorar; el corazón golpeaba como tambor enloquecido. Era raro que el lobo no atacara a las ovejas, amontonadas y quietas. Raro que el perro corriera colina abajo y los dejara solos. Aterrado quería llamar a gritos a madre.

El milagro ocurrió. El lobo giró en busca de otros rincones. Pausado, retornaba al bosque. Desapareció entre los gruesos troncos de la arboleda.

Sin dejar de temblar, encerró a las ovejas debajo del cobertizo amurallado. Llamó al perro. Gritaba su nombre como nunca lo gritara antes; quería escapar, volar, refugiarse en los brazos de madre, llorar y llorar.

Su infancia quedó atrás; el espanto, imborrable. Joven, fortalecido, anduvo la vida como mejor le fue dado, formó su propia familia lejos de las raíces, en territorio buscado. La adultez trajinada, cerca de quienes amaba y le amaban. Jamás olvidó aquel enigma; las razones y probabilidades invocadas no lo satisfacían y mucho menos las experiencias ajenas. Algo había sucedido aquella tarde que no revelaban las palabras, algo que siempre atraería dudas, preguntas.

Cierto día, durante el diálogo de sobremesa, aquel hombre generoso, de escasas sonrisas y alma abierta, nos confiaba, azorado, el misterio que confundiría parte de su niñez y el resto de sus días.

Ese niño, ese hombre que ya no es, fue mi padre.

Mis demandas atraen remembranzas.



Comentarios

  1. Respuestas
    1. "Miracolo".....que se reedita en tu remake....los padres siembran y la cosecha se reedita en cada recuerdo. Muy tierno.

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  2. "Miracolo"... Milagro... sí... alguna vez sembraron en nosotros, nos toca ahora cosechar la buena siembra. Gracias por estar. Nelly

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