El Libro

 


Voces, risas claras. Desde la planta baja llegaban hasta él. Bullicios, berrinches; los de una infancia sana y protegida. Sus hijos; dos varones y una mujer, entre los diez y seis años. Las horas del atardecer colmaban expectativas hogareñas; ayudaban a superar indiferencias ajenas, incompetencias y desacuerdos provocados por el egoísmo que primaba en las relaciones humanas del día a día.

Ocupaba en la casa, la habitación apartada donde instalara su estudio, alejado de las interrupciones que fastidiaran las investigaciones que preceden a la creación, aunque no pocas veces, las necesidades familiares lo obligaban a abandonar su refugio. A pesar de todo, había logrado un buen acuerdo y hasta el presente, lo favorecía.

Indagar acerca del pasado era su meta apasionada y contaba con determinado reconocimiento, nada extraordinario aunque satisfactorio.

Desde hacía varias semanas reaparecían en él, las sensaciones que provocaran sus primeras lecturas, los encuentros afanosos con la palabra escrita. A medida que el tiempo contara fábulas, los años tejieron crónicas ciertas transformadas en voces convulsas, a veces antagónicas. Letras convertidas en hechos tan variados como protagonistas existían en la substancia compleja que habitaba el universo.

Solía recluirse en su estudio, después del almuerzo. Anaqueles atiborrados de volúmenes, custodios de significados múltiples, pasaban a ocupar espacios impensados; sillas, sillones, el piso y aquellos rincones inverosímiles. El escritorio no bastaba para tanto como contenía. Desde las paredes un par de pinturas recordaban el impresionismo tardío. El resto del lugar, orden, desorden, según recovecos y necesidades. Habitaba entre realidades y ficciones, propias e impropias.

El libro al que acudiera año tras año, desde la infancia, había sido su gran maestro. Nunca lo defraudaba, ni siquiera en sus peores momentos. Regresaba a él en busca de respuestas y las hallaba siempre, renovadas. Su entendimiento infantil había sido superado por el adolescente que fue, rebelde e inquisidor; el joven que hurgaba en cada línea, descubría el misterio que las rebeldías ofuscaran. El hombre maduro hacia el que se encaminaba, meditaba, comprendía y justificaba, conducido hacia la luz.

Buscó entre los estantes hasta dar con las tapas descoloridas, las páginas soportaban aún sus dedos cuidadosos, las volvía una a una, agradecido y con ese toque de respeto que le inspirara desde aquella mañana festiva, cuando el sol asomaba y su ansiedad lo empujara a abandonar la cama y correr en busca de aquello que sabía encontraría. Todo fue posible y prodigioso, a partir del instante en que su padre asumiera el rol de mago de Oriente aquel seis de enero y posara sobre su zapato de niño, el regalo que valoraría de por vida.

Respiró hondo, atesoró cada frase; eran las mismas, iguales y diferentes. El niño que fue hombre, esposo y padre, lector ansioso, escritor sin vuelta atrás, despacio, reverente, cerró las tapas; el gesto fue caricia agradecida.

Reclinado sobre el escritorio, reconocía que las cuartillas en blanco estaban dispuestas a recibirlo, de él dependía encender la lumbre.

Transmitir sabiduría sin que sabio fuera.

Comentarios

  1. Como siempre, un escrito sentido, delicado y hermoso.
    Describe el sentimiento de muchos hacia la literatura clásica.
    Elena

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  2. Gracias querida Elena, gracias por alentarme a seguir. Nelly

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