Secretos
Estío recostado sobre los campos. El trigo maduro doraba la siesta; girasoles vigilantes perseguían al sol. Mugidos insistentes acunaba laureles centenarios.
¿Qué murmuraban en tus oídos esos vientos lenguaraces? Acaso susurraran tus pretendidos secretos, los que creías libres de toda intrusión. Te equivocabas.
Aquella tarde temprana, en la curva de tus hombros se balanceaba la mentira, apenas escondida tras tu indiferencia melancólica.
Recorríamos juntos el sendero que rodeaba la casa sombreada y aromada por los frutales, acomodabas tus pasos, sin que repararas que en tanto te acompañaba para despedirte al cruzar la tranquera y darte el abrazo tras el que se iba mi alma, advertía tu sonrisa desleal y aceptaba dolida y silenciosa tus acostumbradas chanzas que bien sabía, ocultaban necedades. Según tus palabras, ibas a la imprenta, tu logro mayor, tu orgullo; debías entregar un trabajo importante. Al subir al auto, aceleraste sin mirarme.
El pueblo dormitaba su siesta a la vera de los sembrados.
En realidad, a aquella hora, ibas en busca de nidos ajenos. Llevabas entre tus macizos hombros, tus deslealtades y te creías a salvo. Algo desbarató tu seguridad. No fue el viento norteño quien lo hizo, ni fue el río calmo, ni siquiera la fructífera campiña o la siesta callada. Jamás te enterarás, fueron tus hombros quienes te traicionaron. Ellos dieron a luz tus realidades.
A esas primeras horas de la tarde, el calor agobiaba. El frío nacía en mi sangre, mis manos temblaban.
Desperté a la rabia acumulada, dejé de lado los tiempos que nada me reportaban. Morí de dolor y culpa, resucité para vivir en soledad, en esa soledad donde los deseos suelen morirse de tristeza, hasta que la paz regresa.
¿Adivina qué? Ahora puedo confiarte mis angustias, aunque ya no quiero hacerlo.
Llueve y el viento azota los cristales. Mañana, el sol entibiará mi alma.

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