Mísera esencia



Aquella nochecita regresaba a su casa después de un día grato, transcurrido en familia.

En su mochila transportaba, además de objetos que suponía útiles, determinada paz en algún rincón impreciso; en otro, olvidada la desazón infaltable.

Pensó en la bueno, en lo que no lo alejara de la armonía adquirida con tanto esfuerzo.

Deambuló sin apuro por la avenida ancha, rumorosa.

El viento barría las hojas crujientes, desnudaba plátanos, jacarandás, álamos.

Obediente, ocupó su lugar en la larga fila de pasajeros que soportaban la demora de buses sin horarios fijos; en lugares donde el ventarrón arreciaba, canalizado en los ángulos entre calle y calle. Obligaba a esconder la boca tras el cuello alto del abrigo, insuficiente para el caso. Enfundó las manos en los bolsillos del pantalón. Movió los pies al ritmo de una danza sin ritmo; intentaba enviar calidez al resto de su cuerpo.

El bus llegó media hora más tarde. Ascendió conservando el orden obligado. El asiento desocupado, milagroso, fue privilegio que no esperaba. Lo ocupó.

Minutos después comenzó aquello que se transformaría en la debacle del viaje habitual de los domingos donde la pobreza obraba.

Avanzaban kilómetros. Subían, bajaban pasajeros en sitios obligados. Apretujados unos contra otros, empujándose.

Familias numerosas, jóvenes ruidosos, adultos de gestos amargos. Risas, groserías destapadas, apodos gritados, inconcebibles. Sustentos baratos para paliar el hambre de viajes interminables. Suciedad, olores rancios.

Alguien, trastabillando, se acomodó junto a él. El vaho del vino lo inundó. Instintivo se aplastó contra la ventanilla, mucho más sucia aún por la tierra pegoteada en los cristales que las lluvias no pudieron lavar; años de mugre acumulada.

El hálito nefasto lo invadía cada vez más. Por mucho que se atrincherara en su asiento incómodo e insuficiente, su compañero casual buscaba apoyo en su hombro. Crecían sus ronquidos de alcohólico, el calor enrarecido de su cuerpo.

La bronca, el rechazo, aumentaban en su interior a medida que cruzaban las calles de la ciudad.

Resurgía en él la imagen del abandono provocado por una sociedad cómoda, indiferente, que poco ofrecía y con mucho se quedaba.

Lo saturó la ansiedad que desconocía. Quiso huir, deshacerse de la desesperanza. También lo ganaba el egoísmo.

Se sentía inútil frente a los abismos de la pobreza extrema a la que muchos eran empujados.

Su propia vida no era fácil. Cada día el esfuerzo por sobrevivir, mayor. Los interrogantes, demasiados.

Todavía lo sostenía aquella energía que no le permitía rendirse.

Oía el balbuceó, las incoherencias de quien a su lado dormía la borrachera. Fue suficiente para él.

Primero una pierna, luego la otra, pasó por sobre las del hombre.

Se sumergió entre los que, de pie, ocupaban el pasillo del bus. Otros sudores, otros olores, otras carencias humanas.

Extendió el brazo, alcanzó la campanilla que detuvo el vehículo pocos metros más adelante.

Caminó, caminó, caminó. Atravesó calles sin verlas, podía decirse que corría.

El suburbio apenas iluminado.

Respiraba agitado. El aire de la noche invadía húmedo sus pulmones. Se sentía culpable. Necesitaba olvidar, no pensar; recobrar la confortable paz perdida. Lo derrumbó la impotencia.

La noche se tragó sus pasos. Su figura anónima desapareció al girar alrededor de la esquina solitaria.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Nocturnal

Conquistas

Señora de Cuentos