Laberintos

 


Los miedos acucian. La ansiedad al tope de toda medida.

Recorría laberínticos subsuelos de la caverna ancestral. La mente abierta en medio del caos, hundida en fantasías que nada tenían que ver con las fantasías y sí con los frutos de miedos acerbos, en apariencia injustificables. Los que existían desde siempre, brotados de semillas amargas.

Había que transitar laberintos, abrir puertas, simplemente ver qué hallaba detrás de ellas. Tener el coraje aferrado con las manos abiertas.

Anduvo cada uno de los túneles apenas iluminados por la claridad de extraña procedencia.

Temblaba al empujar las maderas pesadas tras las que nacían nuevas galerías.

Fueron largas horas, largos terrores sacudiendo las fibras del ser que era. Cada nuevo laberinto mostraba su desnudez, el vacío total.

Delante del último portal su mano se resistió a empujar. Su otra mano libre sostuvo la que temblaba. Entre ambas abrieron.

La luz cegadora lo invadió. Dejó que lo hiciera, se entregó a sabiendas. Del mismo modo en que la luz apareciera, con idéntica celeridad se esfumó.

El verdor, maravilla en su entorno. Antiguos árboles frondosos, arbustos florecidos, aves vocingleras; el sol señor de la vida, naturaleza magnificente.

Aquello que debía suceder, sucedió.

Segundos más tarde reencontró a quien al laberinto lo condujera.

Su pregunta fue directa. Quiso que le describiera los monstruos, las amenazas, los infiernos develados.

Contestó asombrado de sí mismo. Nada había en los túneles, nada detrás de las puertas. Nada que justificara nada.

Nada que justificara los temores que azolaron sus días.

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