Éramos muy jóvenes. La vida apenas brotes sutiles. Destellos dorados emergían de las ramas del roble. Nos conocimos un domingo por la tarde, en la casona que sostenía su estirpe de fines del ochocientos; resabios del pasado. En medio de voces que imitaban la música de moda y el zarandeo de los cuerpos, reíamos, intercambiábamos ilusiones, el ritmo que proclamaba rebeldías. Pandilla festiva que cruzaba los embates de la adolescencia. Pretendíamos acercarnos unos a otros, conocernos, saber qué amanecía detrás de las risas, de las miradas. En algunos, la candidez de los descubrimientos primeros; en los más asiduos la experiencia presunta de una vida que recién florecía. Te acercaste a mí. En tus ojos, nada que no fuera amistad; canjeamos interrogantes, predilecciones, los que llenaban nuestros días; el deseo de crecer. Aspirábamos a pertenecer a ese conjunto de espiritualistas que buscaban sanar existencias. Con el pasar de las estaciones de la vida, comprendimos que no éramos m...