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Recuperar bienes

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     Había que buscar el motivo que ayudara a enfocar días con el ánimo, la voluntad en andas y esa luz despejada que ilumina dudas. Él necesitaba confiar, renunciar a la desesperanza. Aspiraba a lograr los bienes que el universo le entregaría pródigo y a recorrer el sendero que lo conduciría hacia lo esperado; nada más tenía que proponérselo. No importaba si las manos de los que transitaran a su lado, se abrieran dispuestas a dar o se replegaran para negar. Tampoco importaba quien pusiera el brazo sobre sus hombros ni quien hablara junto a su oído palabras de aliento, ni siquiera si otros pasos se acomodaban a los suyos. Nada importaba, o tal vez sí. De un modo u otro, no se detendría. Bastaba la disponibilidad interior, libre de prejuicios. Deseaba recobrar los bienes que extraviara, recobrar derechos. El rayo zigzagueó, el trueno estalló en el infinito; la tempestad adueñada de la mañana tampoco importaba. La determinación, la firmeza en él, abriría caminos d...

Remontar tiempos

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Fin de semana igual a tantos que fueron. En la ciudad, caminantes que intentan en parques y plazas donde la naturaleza es insuficiente, paliar el calor que agobia. Como solía hacer de tanto en tanto, muy temprano en la mañana, fue al encuentro de los seres que amaba. Renacía junto a ellos. Apenas permanecía el tiempo suficiente, el suspiro de un instante fugaz; llegaba, compartía, se marchaba. Ellos vivían sus vidas estrenadas en la urbe que abruma; desarrollaban proyectos y esfuerzos ilimitados. Ella, desde el afecto, nada más aspiraba a compartir; sólo una mínima parte de sus existencias. A su lado rememoraba otros días, otras horas en las que se sentía útil, a veces insustituible. Al final de aquellas jornadas regresaba a lo suyo; como siempre, la acompañaba la nostalgia, la vuelta a lo cotidiano. Anduvo la avenida que la guiaba hacia el lugar donde aguardaría el arribo del bus que la conduciría de regreso al lugar escogido. Dejaron atrás centros habitados; cambiaban air...

Sutilezas

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  Tejido enmarañado, a veces obtuso. Arropa o desnuda nuestra existencia, el tiempo, la distancia. Trama sutil que nos une a través de los días de nuestra vida a lo ignoto, más allá de lo previsto, de aquello que en nosotros alumbre o no y nos abarque desde siempre o no. No sé hacia dónde nos conduce, qué hay más allá de las añoranzas. De esta manera ancestral de querer aguardar lo probable y exponerse a lo inverosímil. A pesar del desgarro, de la nada que quizás nos asole y a la vez intente acercarnos a la esperanza, contra todo riesgo y cansancio. Allá, en ese ámbito luminoso, es donde se tejen las hebras de la constancia, ante el bien previsto.

Eternas fantasmagorias

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  Vagaba entre álamos. La bruma del atardecer espesaba el aire, tragaba la fronda madura. Al final de la senda guiñaba el infinito encarnado. Él no daba pasos, se elevaba por la magia de los pensamientos. Las nubes llameantes lo recibieron, las primeras estrellas titilaban inalcanzables. El arco de eternos y variados colores, semicírculo perfecto, cuyos extremos escondían tesoros y magias. Voló hacia ellas, hacia los sueños trocados en la realidad deseada, los que acompañaran su existencia.

Misera esencia

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  Aquella nochecita regresaba a su casa después de un día grato, transcurrido junto a sus seres queridos. En la mochila transportaba, además de objetos que suponía útiles, determinada paz en un rincón preciso, olvidada la desazón. Pensaba en la armonía adquirida con tanto esfuerzo a lo largo de ese día. Deambulaba sin apuro por la avenida ancha, rumorosa. El viento barría las hojas, desnudaba plátanos; arreciaba en las esquinas, obligaba a esconder la boca tras el cuello alto del abrigo, insuficiente para el caso. Ocupó su lugar en la larga fila de pasajeros que soportaban la demora de buses sin horarios precisos. Enfundó las manos en los bolsillos. Movía los pies al ritmo de una danza imaginada para imponer calidez a su cuerpo. El bus llegó media hora más tarde de lo previsto. Ascendió. El asiento milagroso, fue privilegio que no esperaba, lo ocupó. Minutos después comenzó aquello que se transformaba en lo habitual cuando la pobreza obra. Avanzaban kilómetros; subían...

Razon de ser

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Tiempo de virreinato; de antiguas solemnidades, de visillos cerrados y secretos custodiados por corazones sumisos. El cortejo fúnebre cruza delante de señoriales casas entre pompas y latines cantados. Grandes ojos negros, todavía hermosos, atisban detrás de las maderas a quien es conducido por corceles oscuros que exhiben penachos emplumados. Las lágrimas acompañan el gemido; el dolor punzante rompe barreras en ella, las del ayer, las del hoy. Sin darse tregua, corre por los pasillos en sombra, desciende escaleras; desoye los llamados de quienes pretenden detenerla. Abre el portal de doble hojas verdes. Se une al cortejo, ocupa lugar de privilegio. No oculta el sollozo que la atraviesa y otros escuchan. Ignora a quienes la juzgan y murmuran. Se alza en coraje para demostrar su dolor. Esa mujer, perdido lo perdido, enfrenta la luz del día luctuoso, el que le infunde audacia. En la pérdida halla su razón de ser. Tal razón fue y es que, mostrar sus lágrimas a ese mundo pacato, prejuicioso...

Pinceladas desteñidas

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  Calles del gran no sé qué. Aquellas que alguien describió como acuarelas porteñas. Calles en las que hoy no alientan arboledas extensas ni existen quintas que rodean caseríos en los cuales refugiarse, en los que el reposo, la seguridad, fueron. Calles. Las que ahora recorremos sumidas en la mugre, las que copiaron lo peor de la urbe cercana. Calles del gran no sé qué. Donde los orines y algo más, embadurnan nuestros calzados, nuestras almas. Desde donde es imposible levantar vuelo hacia el sol sin correr el riesgo de resbalar en lo que no nombraré por ese afán de querer cuidar con cierta tozudez que me resisto a abandonar, un idioma rico en términos y posibilidades. Mi resistencia es fuerte y precisa. Me niego a emplear modernismos o post modernismos y todos los   “ismos” que justifican cambios negativos en esta cultura del individualismo a ultranza. Calles en las que los aguafuertes de hoy pintan pandemias previsibles, que debieran evitarse, si el abandono destr...