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Eternas fantasmagorias

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  Vagaba entre álamos. La bruma del atardecer espesaba el aire, tragaba la fronda madura. Al final de la senda guiñaba el infinito encarnado. Él no daba pasos, se elevaba por la magia de los pensamientos. Las nubes llameantes lo recibieron, las primeras estrellas titilaban inalcanzables. El arco de eternos y variados colores, semicírculo perfecto, cuyos extremos escondían tesoros y magias. Voló hacia ellas, hacia los sueños trocados en la realidad deseada, los que acompañaran su existencia.

Misera esencia

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  Aquella nochecita regresaba a su casa después de un día grato, transcurrido junto a sus seres queridos. En la mochila transportaba, además de objetos que suponía útiles, determinada paz en un rincón preciso, olvidada la desazón. Pensaba en la armonía adquirida con tanto esfuerzo a lo largo de ese día. Deambulaba sin apuro por la avenida ancha, rumorosa. El viento barría las hojas, desnudaba plátanos; arreciaba en las esquinas, obligaba a esconder la boca tras el cuello alto del abrigo, insuficiente para el caso. Ocupó su lugar en la larga fila de pasajeros que soportaban la demora de buses sin horarios precisos. Enfundó las manos en los bolsillos. Movía los pies al ritmo de una danza imaginada para imponer calidez a su cuerpo. El bus llegó media hora más tarde de lo previsto. Ascendió. El asiento milagroso, fue privilegio que no esperaba, lo ocupó. Minutos después comenzó aquello que se transformaba en lo habitual cuando la pobreza obra. Avanzaban kilómetros; subían...

Razon de ser

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Tiempo de virreinato; de antiguas solemnidades, de visillos cerrados y secretos custodiados por corazones sumisos. El cortejo fúnebre cruza delante de señoriales casas entre pompas y latines cantados. Grandes ojos negros, todavía hermosos, atisban detrás de las maderas a quien es conducido por corceles oscuros que exhiben penachos emplumados. Las lágrimas acompañan el gemido; el dolor punzante rompe barreras en ella, las del ayer, las del hoy. Sin darse tregua, corre por los pasillos en sombra, desciende escaleras; desoye los llamados de quienes pretenden detenerla. Abre el portal de doble hojas verdes. Se une al cortejo, ocupa lugar de privilegio. No oculta el sollozo que la atraviesa y otros escuchan. Ignora a quienes la juzgan y murmuran. Se alza en coraje para demostrar su dolor. Esa mujer, perdido lo perdido, enfrenta la luz del día luctuoso, el que le infunde audacia. En la pérdida halla su razón de ser. Tal razón fue y es que, mostrar sus lágrimas a ese mundo pacato, prejuicioso...

Pinceladas desteñidas

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  Calles del gran no sé qué. Aquellas que alguien describió como acuarelas porteñas. Calles en las que hoy no alientan arboledas extensas ni existen quintas que rodean caseríos en los cuales refugiarse, en los que el reposo, la seguridad, fueron. Calles. Las que ahora recorremos sumidas en la mugre, las que copiaron lo peor de la urbe cercana. Calles del gran no sé qué. Donde los orines y algo más, embadurnan nuestros calzados, nuestras almas. Desde donde es imposible levantar vuelo hacia el sol sin correr el riesgo de resbalar en lo que no nombraré por ese afán de querer cuidar con cierta tozudez que me resisto a abandonar, un idioma rico en términos y posibilidades. Mi resistencia es fuerte y precisa. Me niego a emplear modernismos o post modernismos y todos los   “ismos” que justifican cambios negativos en esta cultura del individualismo a ultranza. Calles en las que los aguafuertes de hoy pintan pandemias previsibles, que debieran evitarse, si el abandono destr...

Signos

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  Sol tempranero; atraviesa las maderas de la ventana. El techo de la habitación destella dorados tenues. Entreabrió los párpados, reprimió el bostezo y giró la cabeza sobre la almohada. Cuatro letras enlazadas habían revuelto su vigilia. Reaparecían pensamientos dispersos. Cuatro letras que formaban la palabra clave, convocada por determinado relato que ayer leyera en aquel libro que alguien dejara sobre su escritorio. Había cerrado su jornada laboral atraído por la lectura que a veces desentrañaba misterios y otras los provocaba, se fue detrás de las páginas que pretendían no darle tregua, hasta que escapó de ellas; abandonó el libro donde lo hallara. Huyó de la lectura, de la tarea diaria. Recorrió las calles que lo separaban de su casa vacía donde nadie lo esperaba, perseguido por las frases contundentes. Cuatro letras, cuatro signos, las intuyó, desposeídas, en la mirada perturbada del alcohólico encogido en el rincón de la vieja recova. La atravesó veloz, no deseaba v...