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Encuentro

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  Hoy era un día especial. El bienestar para él era un deseo cumplido; concreto e irrefutable. Deambulaba por la alameda. El aire claro del amanecer penetraba en cada partícula de su cuerpo, bebía su esencia. Los rayos dorados cruzaban ramas despojadas. Él había hallado la paz, había vencido a la soledad. Celebraba el encuentro consigo mismo. Cada rincón de la arboleda le daba la bienvenida. No lo vio hasta que atisbó su fina cola estremecida. Las patitas trotaban sobre la hojarasca, huía en dirección a campo abierto. Sonrió. Algo en él le inspiraba ternura. Lo llamó con la mansedumbre del que desea ser correspondido, insistía sereno, el tono de sus palabras adquiría matices tiernos. Logró detenerlo. Las orejillas temblaron, desconfiado giró la cabeza diminuta, los ojillos chispeaban. Moderó la risa, no quería asustarlo. Los separaban un par de metros; hubiera querido acortar distancias, fue prudente. La boca entreabierta extendía el fino hocico; quizás copiara su propio gest...

Efervescencia

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  Algo inusitado sucedió; algo inusitado que se repetiría a lo largo de su vida. El sonido perturbador interrumpió el silencio de la casa señorial, llegó por primera vez a mí, a esa edad en que las maravillas son pases mágicos inesperados. El piano desgranaba perlas perfectas; invadieron su niñez. Provocaron, a lo largo de sus primeros andares, de sus impresiones primeras, aquello que en lo venidero sería constante para el resto de su existencia. Durante sus andanzas inofensivas, husmeaban habitaciones junto a la amiga revoltosa, dueña de la casa y de la magia que el lugar guardaba, en el que había nacido mucho más que una amistad, la hermandad que ceñiría el futuro de ambas hasta el fin de sus días. Entonces, las horas no existían, las preguntas buscaban respuestas simples, los temores desaparecían con el abrazo materno; los juegos llevaban en andas hacia sortilegios inventados por mentes pueriles que volaban más alto y mucho más veloz que los pájaros. En la casa exist...

Impredecible

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    Intentaré describir un instante de tiempo de mi ayer ingenuo, a pesar de ser por aquel entonces madre de un niño de ocho años y una niña de cinco. Mi padre había decidido cerrar la librería que regenteaba desde que memoria poseo. Pesaban sobre él años de trabajo y malestares que poco mencionaba. Mi madre confiaba en sus decisiones. La librería fue durante muchos años nuestra única fuente de ingresos. En ella, mis hermanos y yo, aprendíamos el arte de comerciar con honestidad. Desde aquel instante decisivo en nuestra familia, la inquietud acaparó mis días y las madrugadas insomnes. No admitía que aquellas puertas dejaran de abrirse, no admitía el cansancio de mi padre. Intenté suplirlo y obtuve su conformidad; deseché los interrogantes temerosos de mi madre. Entré al santuario, eso significaba para mí y lo era en muchos aspectos; continuaría la obra familiar. Transcurrieron meses, eficientes, vivos. Renovaba impulsos, valoraba los bienes recibidos. Fue aquello...