Eternas fantasmagorias
Vagaba entre álamos. La bruma del atardecer espesaba el aire, tragaba la fronda madura. Al final de la senda guiñaba el infinito encarnado. Él no daba pasos, se elevaba por la magia de los pensamientos. Las nubes llameantes lo recibieron, las primeras estrellas titilaban inalcanzables. El arco de eternos y variados colores, semicírculo perfecto, cuyos extremos escondían tesoros y magias. Voló hacia ellas, hacia los sueños trocados en la realidad deseada, los que acompañaran su existencia.