Razon de ser
Tiempo de virreinato; de antiguas solemnidades, de visillos cerrados y secretos custodiados por corazones sumisos. El cortejo fúnebre cruza delante de señoriales casas entre pompas y latines cantados. Grandes ojos negros, todavía hermosos, atisban detrás de las maderas a quien es conducido por corceles oscuros que exhiben penachos emplumados. Las lágrimas acompañan el gemido; el dolor punzante rompe barreras en ella, las del ayer, las del hoy. Sin darse tregua, corre por los pasillos en sombra, desciende escaleras; desoye los llamados de quienes pretenden detenerla. Abre el portal de doble hojas verdes. Se une al cortejo, ocupa lugar de privilegio. No oculta el sollozo que la atraviesa y otros escuchan. Ignora a quienes la juzgan y murmuran. Se alza en coraje para demostrar su dolor. Esa mujer, perdido lo perdido, enfrenta la luz del día luctuoso, el que le infunde audacia. En la pérdida halla su razón de ser. Tal razón fue y es que, mostrar sus lágrimas a ese mundo pacato, prejuicioso...