Siestas del ayer
Tardecita invernal, sol mesurado.
Igual a otras, en cuanto al escenario en que se desarrollaron los hechos y distinta en su contenido. Dos episodios fueron claves en nuestra infancia, uno de ellos es este que regresa sin que lo busque.
El auto estacionado frente a la puerta abierta que daba acceso a la escalinata y al rellano de mármoles blancos, elevados delante de la cancel, que conducía al interior de la casona donde reinaba mi amiga-hermana, allá en nuestro Flores, recibía la tibieza dorada a través del parabrisas. Nos contenía. Por lo general, a la hora de la siesta nos refugiábamos en su interior, era el nido que nos mimaba. Sus puertas permanecían sin llavear, como si el permiso para acceder a él nos fuera dado de antemano, tácito.
Sabíamos que no estábamos solas. Tía Mita no nos perdía de vista. La adivinábamos detrás de los cortinados.
Nos gustaba sentarnos en el asiento delantero a leer, dibujar, intercambiar figuras que representaban princesas y príncipes que lucían ropajes brillantes; en ellas titilaban estrellas.
Reíamos sin motivo aparente, parlanchinas por demás, hablábamos al unísono y a pesar de ello, nos entendíamos. A veces, cantábamos a gritos, las voces amortiguadas por el tapizado de cuero y el encierro. Tramábamos tonteras y las llevábamos a cabo, porque así tenía que ser.
Tardecitas de invierno en ese Flores que nos vio juntas, inseparables, dueñas de caprichos y pillerías sin graves consecuencias. Carcajadas diáfanas sin culpas, sanas y diestras; ambas, queridas y queribles.
Esa tarde, en medio de nuestras risas, la sombra cubrió la ventanilla a mi lado. Nos quedamos mudas, sólo veíamos parte del cuerpo, del abrigo gris, los botones oscuros. La figura pegada al vidrio.
Mi amiga-hermana, exclamó: —¡Papá!— Yo murmuré: —¡Tío Juan!—
La mano del hombre golpeó el cristal.
Comencé a bajarlo y las dos nos preparamos para la reprimenda.
La mano ancha hurgaba en el bolsillo. Extrajo lo que supuse serían tarjetas y las arrojó sobre mi falda. El hombre se alejó de la ventanilla y corrió hacia la esquina de Rivadavia; desapareció.
Nos paralizamos, la vista clavada en el recodo; nada entendíamos, aquel era un desconocido. El miedo llegó tardío, la curiosidad lo venció. Las tarjetas yacían sobre mis rodillas. En silencio unimos nuestras cabezas y las examinamos una por una; eran fotos. Tardamos en identificar las imágenes, nuestra inocencia nos tornaba lentas. Las contemplábamos, queríamos saber; cuchicheábamos.
La tía Mita salió al balcón, nos llamaba urgida; quería que regresáramos a la casa, insistía; recuerdo sus mejillas regordetas, encarnadas; el malhumor en sus ojos. Las figuras nos atraían cada vez más.
Las mujeres desnudas resplandecían como si la luna llena las iluminara. Bellas mujeres con sus cabellos largos, posturas que no entendíamos.
Aquellas fotos no se parecían en nada a las de la sala de mi casa o a las de la casona de mi amiga.
La tía Mita abrió la puerta del vehículo; callada, severa, tomó las fotos. Segundos después, sin proferir una sola palabra, nos aferraba de las manos y nos conducía a la casa. Nosotras nos mirábamos sin parpadear, los ojos agrandados, la culpa que no entendíamos nos rondaba; nuestros rostros tan encarnados como el de Mita. Ella nada preguntó, nada dijo, nos empujó dentro de la casa. Cerró la puerta cancel con doble vuelta de llave.
Mamá Clarita sonreía en tanto servía el té. Nos agradó su voz serena, nos sorprendió que nos diera permiso para comer todos los bollos con crema que deseáramos, apilados en la fuente que tanto nos gustaba, una de aquellas piezas de antigua porcelana que nada más se utilizaba en determinadas ocasiones.
Tía Mita empeñada en su silencio, ensimismada y erecta, sorbía de su taza.
Hoy sé, que también a ella debía rondarla la culpa y los reproches; ella si los entendía y le reclamaban. Cuando recuerdo la sonrisa de Clarita y su permisividad, la de aquella tarde, no puedo dejar de asociarla a la actitud de su hermana.
La vida fue transitando y cierta remembranza vana nos conducía a suponer que el pasado era el señor de la paz, del trabajo seguro, la convivencia respetuosa; calles limpias y arboledas centenarias. Vecinos que, cuando las circunstancias lo requerían, se transformaban en abrigo y socorro. El abrazo real y firme.
Desde el presente, suelo mirar a los días que yacen en el tiempo pretérito. No me arrebatan sentimientos placenteros respecto a ciertos temas, por medio de los cuales suelen establecerse comparaciones.
Verdad es, que añoro afectos y caricias, soles y pájaros mañaneros, el saludo paternal del vigilante de la esquina. La estampita y la medallita que le pedíamos insistentes, al cura cuando pasaba de camino hacia Rivadavia. Tomadas del brazo, gastábamos veredas.
Empero, existían entonces, al igual que ahora, realidades oscuras. En los cielos tibios y áureos, solían asomar nubes tormentosas.
El pasado, por el mero hecho de hallarse en ese tiempo que ya no cuenta horas, no había sido perfecto para ninguna de las dos. Por él transitaron desavenencias, temores, unidos a complacencias.
No merece premios ni reproches. Fue lo que es, vida transitada.

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