Pretérito
Primeras horas de un verano ardiente.
Removía viejas cajas apiladas en el desván; las abría decidida a tirar lo que no sirviera. Tarea que dejara de lado mil veces, no por desidia sino por carencia del instante adecuado, ese que por lo general, nunca asomaba con facilidad en sus horas.
Objetos evocados con emoción reaparecían deslucidos, perdido el significado que le confiriera al conservarlos. Cuidadosa se detenía en cada uno. En su boca asomaba la sonrisa comprensiva, la respuesta incuestionable. Sin duda, aquello que ayer considerara importante, hoy podía ser destinado al lugar de los desperdicios; alejado de los afectos, de la memoria.
Descubrió la carta entre las revistas de vieja data. La alarma activada en su cerebro, le devolvió inquietudes, las que tanto tiempo atrás procurara olvidar.
El esfuerzo de entonces, había sido eficaz; le permitió desterrar sentimientos que en su momento pesaran sobre ella. La ayudó a negar intuiciones que tildara de fantasiosas, malsanas.
Ahora presentía que regresaría el acoso. Deseó no haber despertado a la necesidad de imponer orden, a las curiosidades que el ayer despertaba. El corazón aleteaba, la sonrisa borrada, predecían que algunas zozobras relegadas, se transformarían en certezas.
Ella había perdido la noción exacta de fechas y tiempo. Demasiados años transcurridos, demasiada vida trajinada, demostraban la prolongada etapa de ocultamientos, a la que de algún modo, se acomodara y a la cual sobreviviera.
De cuclillas frente a las cajas, la carta temblaba en sus manos. La abrió. La fecha en el ángulo derecho, definía instantes. Remontarlos hasta el presente, dolían; no le pertenecían, él no los había compartido con ella. Los hechos descriptos con aquella grafía suya, clara, que admiraba, precisaban verdades.
En tanto las ignorara, las creyera nada más que sospechas vanas, le había sido posible imaginar que juntos todavía rescataban tesoros, pasiones que unían sus vidas y continuarían existiendo. Por entonces, aferrada a ellos, calmó incertidumbres, las que intentaban derrumbarla.
Construyó, y él permitió que lo hiciera y hasta colaboró para que así fuera, una existencia que ella conjeturó firme, segura como pocas.
Lo leído, en cambio, atestiguaba lo contrario. Actualizaba confesiones, mencionaba sentires que no la incluían.
La desorientación, los temores, una vez más, intentaban desmoronarla. No soportó seguir entre las paredes que la ahogaban. A prisa descendió hasta aquel ángulo del jardín, en el que pocas horas antes, gozaran ambos del aire terso, poco común en ese estío de fuego. De pronto, él la había besado como en los primeros días, aquellos destinados a los descubrimientos mutuos; habían reestrenado el ardor. Todavía lo saboreaba.
A la luz del farol que iluminaba el jardín, releyó las frases dedicadas a alguien, una mujer a quien ella desconocía. Respiraba con dificultad, las heridas reabiertas. En medio de las convulsiones internas, de la aflicción reavivada, cierto sentido de la realidad, trataba de conducirla hacia la coherencia.
Después de todo, la carta no había sido enviada. Por el contrario, él la abandonó a su extraño destino. No pertenecía a este tiempo de grandes cambios, de tecnologías renovadas minuto a minuto, que prescinden de cuartillas.
Él continuó con los abrazos acrecentadores de afectos y ardores, que a ella le aseguraban certezas. Ningún signo en él dejaba entrever que sus sentimientos fueran diversos a los que expresaba en la intimidad única e irreprimible, a pesar de la calma impuesta de tanto en tanto, por circunstancias que, a veces, la vida impone y ambos aceptaban. Lo habían logrado, estaban juntos, se sentían bien juntos. Fue a su encuentro.
La noche alboreaba, ella no alcanzó a contar estrellas. El semicírculo rojo elevado en el horizonte presagiaba resplandores.
De puntillas entró en la habitación. Lo observó extraviado en las honduras de su sueño; la serenidad reflejada en el rostro maduro. Se acostó a su lado.
Durante aquel recuento de cosas que descartaría y otras conservaría, ella había comprendido que en los caminos de cada uno, hay recodos que dificultan andares y tientan a descubrir cielos azules intensos, atardeceres llameantes que encienden hogueras; aquellas que desde las brasas transmutan en cenizas, las que el viento dispersa. Empero, en sus pensamientos la frase reapareció nítida, la carta no había sido enviada.
Él seguía allí, junto a ella y ella había decidido confiar en él.
Apretada a su espalda, nada reclamaría. Estaba más allá de los reproches, de las censuras. Extendió la mano, acarició su mejilla; abrazó su cintura.
Estremecidos, el preludio desgranó melodías.

Cómo no identificarnos con este precioso relato sobre el paso del tiempo y el amor y la vida y los sentimientos. Gracias Nelly
ResponderBorrarLeí también los anteriores pero no quedaron publicados mis comentarios
Gracias Juana! Gracias por todo lo que recibo de tu parte siempre. Abrazo! Nelly
ResponderBorrarExcelencia narrativa y bellamente expresados los sentimientos y las imágenes.
ResponderBorrarMe encantó. Gracias, Nelly, por tu hermoso relato
Gracias querida Elena! Gracias por presencia permanente. Abrazo. Nelly
ResponderBorrarUna de las más profundas y bellas descripciones de los sentimientos de una mujer entregada totalmente al amor que he leído!!!! Mil gracias querida Señora de Cuentos!!!!!! Continúa regalándome tanta belleza literaria con simpleza como es el smor!!!! Te quiero mucho,ayer hoy y siempre!!!!!!! Elisa
ResponderBorrarGracias querida Elisa por alentarme siempre. Abrazo. Nelly
ResponderBorrar