Inexplicable
Sábado por la tarde. Horas mágicas.
Desde los rectángulos que enmarcaba el ordenador, sobresalían las sonrisas de los participantes. El encuentro semanal, virtual, aportaba presencias y las experiencias acumuladas durante la semana.
Rostros que aprendimos a valorar a través de la lejanía impuesta por la pandemia que asolaba el planeta, sonreían y expresaban la necesidad de compartir instantes preciosos, vitales para cada uno en ese tiempo que obligaba a la distancia, a la soledad.
El encierro que en otras circunstancias nos hubiera parecido inadmisible, día a día iba transformándose, de algún modo en sensato o insensato, no lo sé y nunca lo sabré, porque nunca sabré cómo pudimos recluirnos de modo tal que lo raro e inconcebible, termináramos aceptándolo por usual y necesario.
La presencia de los que participábamos de estos encuentros acercaba compañía, permitía olvidar el encierro. A través de la pantalla luminosa, reavivábamos ánimos. Intercambiábamos confidencias, las experiencias difíciles de cada uno durante aquellos días de desolación extrema. Podíamos dedicarnos a la escritura porque sobraban tiempo y ansias. Compartíamos, leíamos nuestros trabajos literarios, con el entusiasmo del que entrega momentos absolutos y preciados, los que adquirían el sabor que la distancia otorga.
De pronto en medio de la familiaridad a la que estábamos acostumbrados, alguien, un desconocido, asomó preciso en un rincón de la pantalla. No lo vimos aparecer; absorbía nuestra atención quien en ese instante narraba carencias.
Sin embargo, algo centelleaba en nuestra conciencia, sobre todo en la mía y en la de ciertos perspicaces que suelen abarcar otras instancias. Un par de ojos oscuros, llameantes, atraparon los míos y mis pensamientos. No era una persona como las que estábamos acostumbrados a recibir cada sábado. No formaba parte de la tribu, si bien las puertas siempre estaban abiertas para abrazar, para sumar y no restar. Su expresión extraña, se imponía a las del resto. Había malignidad en sus gestos, en esa figura que sobresalía de uno de los recuadros a la derecha de la pantalla. No me gustó la imagen; la expresión cínica que Intentaba romper la armonía a la que estábamos acostumbrados; sus susurros se oponían insidiosos a los dichos humorísticos del resto, que nunca faltaban y la mayoría festejaba.
La carcajada generalizada reforzó el rictus que torcía la boca del intruso.
Durante un instante dejé de lado su presencia, atraída por desacuerdos planteados sobre un tema del cual hoy nada recuerdo.
El movimiento inusual, las sombras, ganaron espacio. La silueta sacudida por la risa sarcástica, intentaba silenciarnos. Las carcajadas del hombre provocaban rechazo, el fondo del rectángulo llameante, fue sustituido por la oscuridad.
Nos preguntamos qué o a quién representaba aquella aparición y cuál había sido el sentido de tanta estupidez. Tal vez, destruir la bonanza que procurábamos crear en medio del temor y el rechazo que la pandemia y el encierro nos provocaba.
Sin duda, fue la actitud de quien sumido en la soledad y no hallando modo y lugar para vencer sus propias carencias, resentimientos, entornos desfavorables y quien sabe qué tanto más, permitía que sus desconciertos ofuscaran su mente, su existencia; privado, a causa de la ignorancia que lo poseía, de recibir el bien sanador, invaluable, que aquellas horas de sábado vespertino, le habrían procurado.
El tiempo se ocupó de transmutar el episodio en la anécdota sin trascendencia. Hoy apenas merece la sonrisa dudosa.

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