Sueños soñados

 


La acompañaban pensamientos azules. Vibraban cuando andaba las calles de su luna interior, las que destellaban hasta atrapar su espíritu y colgarlo de las ilusiones que se empeñaba en no perder; esa especie de extremos que acariciaban lindes de ingenuidad. Ella era así, incoherente, emotiva y crédula.

No se convencía que la perfección no le pertenecía a este planeta que giraba y giraba, sostenía bienes, males, simbiosis especial de fuego y agua; obstinada reconstrucción de sí mismo.

Ella soñaba con paraísos perdidos, providencias repartidas por igual entre quienes anidaban en su superficie, bella y caótica. Soñaba con la sonrisa elevada a tiempo, sanadora. El abrazo que arrasara soledades, la paz que acortara distancias, derrumbara prejuicios.

Lo inadmisible habitaba en ella.

Retrocedía en el tiempo y rememoraba ancestrales gigantes patagónicos. Vagaba entre los sabios griegos. La acogía la mítica Britania. Bordeaba las aguas del Nilo y sus faraónicos dioses. Se internaba en los antiguos vericuetos de la humanidad, resucitaba en la modernidad favorecedora para algunos e inexistente para otros, a causa de las sombras y a pesar de las luces.

Empero, hoy, ahora, se permitía soñar sueños en los cuales residía la vida que, para ella, por íntima convicción, aún existía etérea. Ángeles; duendes y hadas proveedoras de magias eternas. Seres de alas transparentes dispensadores de diamantes luminosos; milagros. Glicinas que resguardan aromas de infancia.

Claro está, que no ignoraba el mundo poblado de miradas indiferentes, realidades disonantes. Ella, jamás, daría pie a sus necedades.

No abandonaría los sueños, a pesar de lo cotidiano; a pesar del descrédito ajeno que obligaba a despertar.

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