Inquietudes
El puente. De niña me aterraba.
Puente Pueyrredón viejo. El tranvía transitaba ruidoso, machacaba vías. Mis pocos años temblaban. Alguien, ese domingo, rememoró la tragedia ocurrida en tiempos pretéritos. Un tranvía había caído al Riachuelo, rotas las barreras de contención.
El relator debió ser aquel primo de papá, parlanchín inagotable, narrador de espantos sin fin. Desde mi inocencia y temor, rechazaba todo lo que de él proviniera, aunque cada domingo era el invitado de honor en la casa noble, por derecho de sangre. Del mismo modo lo era mi padre; en esa casa fue cobijado cuando los aires de su mundo lo empujaran al destierro voluntario.
Los encuentros principiaban con juegos de naipes donde los hombres desahogaban gritos, risas y cuyos premios más costosos eran la mayor cantidad de legumbres secas dispuestas en el centro de la mesa.
Las mujeres, en tanto, confabulaban en la cocina, amasaban exquisiteces de remotas heredades, muchas veces unidas a desilusiones. Los niños retozábamos bajo estrecha vigilancia y consiguientes desobediencias fundadas en estrategias infantiles, que por lo general, eran descubiertas y penadas con liviandad.
La casa grande de los primos, nuestra casa. El jardín, las habitaciones sombreadas, el patio luminoso circundado de plantas y flores de diversos tamaños, colores y aromas; en el medio el aljibe enigmático, centro de nuestras picardías de niños sanos, repartidor del eco de nuestras risas, de las imágenes espejadas en las profundidades donde el agua guardaba frescura. Más allá, las salas, otras habitaciones prohibidas y la escalera que conducía al misterio que nunca develamos.
Al fondo, la huerta, los frutales que regalaban el dulzor de cada estación. Allí nos escondíamos, era nuestro paraíso inventado. El viento recogía confabulaciones pueriles.
Ese domingo, cruzar el puente de regreso a nuestra casa del viejo Flores, fue difícil para mí. El miedo del que nada dije, esa noche aportó a mi sueño inquietud y pesadillas, las que siempre oculté y se repetían de tanto en tanto.
Fue mi primer secreto. Hoy desanudado en estas líneas sencillas. Sonrío al escribirlas, espío el corazón de la niña que fui.
Algo quedó de aquellas experiencias, además del afecto recibido y entregado.
Jamás crucé o cruzo el Pueyrredón viejo, sin que las palabras del primo parlanchín dejen de resonar en mis memorias intactas, donde el amor generoso entregado a unos y otros, por unos y otros, durante los encuentros dominicales, aún hoy suman bendiciones.

Hermoso!
ResponderBorrarMuy hermoso
ResponderBorrarGracias anónimo por estar. Nelly
ResponderBorrarIsol y Tote, lo mismo deseo para ustedes! Nelly
ResponderBorrarAbrazo a los anónimos que participaron de este encuentro mágico. Nelly Perrotta
ResponderBorrarLa inolvidable y vieja casona de Flores,eternaven mis sueños yven mis recuerdos y deseosvmás recónditos!!! Gracias por llevarme allí!!!!
ResponderBorrarGracias a vos por aceptar la invitación e internarte en los caminos del recuerdo. Nelly Perrotta
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