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Siestas del ayer

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   Tardecita invernal, sol mesurado. Igual a otras, en cuanto al escenario en que se desarrollaron los hechos y distinta en su contenido. Dos episodios fueron claves en nuestra infancia, uno de ellos es este que regresa sin que lo busque. El auto estacionado frente a la puerta abierta que daba acceso a la escalinata y al rellano de mármoles blancos, elevados delante de la cancel, que conducía al interior de la casona donde reinaba mi amiga-hermana, allá en nuestro Flores, recibía la tibieza dorada a través del parabrisas. Nos contenía. Por lo general, a la hora de la siesta nos refugiábamos en su interior, era el nido que nos mimaba. Sus puertas permanecían sin llavear, como si el permiso para acceder a él nos fuera dado de antemano, tácito. Sabíamos que no estábamos solas. Tía Mita no nos perdía de vista. La adivinábamos detrás de los cortinados. Nos gustaba sentarnos en el asiento delantero a leer, dibujar, intercambiar figuras que representaban princesas y príncip...